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dilluns, 17 de setembre del 2018

Las aguas bajo el Foro de la capital


El centro del imperio, el Foro de Roma, en el siglo VIII a.C. era un valle pantanoso. Hoy pretendemos desvelar, por lo menos en parte, que pasó entre esa extensión insalubre de terreno y el marmóreo Foro de época imperial.

El protagonista de hoy es el subsuelo del llamado Foro republicano, el más antiguo. Sin embargo, los misterios que esconde el corazón de Roma bajo las pisadas de los turistas son de toda índole: pozos, altares, corredores… historias de nobles y pobres. Hoy pasearemos por las oscuras arterias y venas del corazón de Roma.

Antes de entrar en materia, debemos tener en cuenta la cuestión geológica. La mayor parte del Lacio, así como las siete colinas, reposa sobre una fina capa de tierra cultivable sostenida por una gran masa de toba y antiquísimos restos volcánicos que acumulan toda el agua de lluvia, pero también la que corre por la superficie. Por ello, dicho valle era una zona cenagosa, a causa de su sustrato.

Puntualicemos también que cada uno de los enclaves que vamos a comentar podría merecer un artículo propio, pero hoy pretendemos entenderlos dentro de la globalidad del Foro.

El gran público, habitualmente maravillado por los monumentos y la historia del lugar, desconoce que este fue el sitio escogido para las necrópolis de las primeras poblaciones que ocupaban las colias Vedia, Palatina y del Capitolio, cuyo testimonio arqueológico podemos localizar todavía hoy al oeste de la fachada del templo de Antonio y Faustina. Hablamos de necrópolis anteriores a los primeros monarcas romanos, los lejanos tiempos de los pueblos Sabinos y Latinos.

La tradición nos cuenta que fue Numa Pompilio (753-674 a. C.), segundo rey de Roma, el primer monarca en establecerse en el lugar. Sin embargo, fue la dinastía Tarquinia la que pavimentó el suelo con cantos rodados por primera vez.




Los primeros desagües no debieron ser subterráneos, los cuniculi (que deben este nombre a las galerías de los conejos) eran simples zanjas descubiertas que dirigían la evacuación de aguas, de todo tipo, a los extremos de las zonas habitadas o de cultivo, obras que seguramente realizó Tarquinio el Antiguo, en el año 600 a.C. Hablamos de intentar redirigir el torrente del Velabro, torrente responsable del cenagal. Así se desecó la zona y nació la cloaca máxima de la creciente ciudad. De esta manera empezó a desvanecerse el aislamiento entre las aldeas de las colinas, y el valle pasó a ser un espacio de encuentro, para ello tuvo que trasladar las antiguas necrópolis. En ese momento la primitiva Roma tuvo al fin desagües.

La Cloaca maxima apareció aproximadamente en el año 520 a.C., cuando Tarquinio el Soberbio renovó las obras desde el centro de la ciudad, a lo largo de 800 metros, hasta el Tiber. La cubrió con piedras de toba o piedra de Estabias y ahondó aún más las instalaciones. Evitó así que los limos arrastrados por las corrientes y los mismos desechos de la ciudad colapsasen el sistema, inundando de inmundicia los pavimentos del Foro.


Pragmáticos como eran los antiguos romanos, estaban orgullosos también de este tipo de ingeniería. Plinio el Viejo llegó a escribir que no le asombraron los jardines colgantes de Tebas, porque él sabía que el centro de la ciudad eterna era atravesado cada día por un gran río. El mismo autor nos cuenta la enormidad de la obra de Tarquinio al comentar que este rey quiso que el tamaño de las galerías fuese tan enorme que en ellas pudiera transitar un carro cargado de heno hasta arriba. Otros textos nos contarían, siglos después, como el emperador Tiberio bajó a la Cloaca maxima a inspeccionarla navegando en una barca, y que conste que no creemos que la barca del emperador fuese precisamente muy pequeña.

Pero el Foro seguiría siendo un lugar maloliente hasta el año 272 a.C. cuando, entre las mejoras que proporcionó la construcción del Aqua Anio Vetus, por primera vez, empezaron a circular por su cloaca las aguas sobrantes desde el acueducto. ¿En qué mejora esto la instalación? En que a partir de este momento, este nuevo aporte de agua arrastra continuamente la suciedad que antes se acumulaba durante días, esperando a las siguientes lluvias o riadas. En el año 184 a.C. los censores abrieron nuevas galerías bajo el Aventino, y repararon y limpiaron las más antiguas. Tras los desastres de la República, fueron restauradas por Agripa en el año 33 d.C. La zona bajo el Foro Boario fue especialmente dificultosa pues, para que el sistema funcionase, tuvo que desviar el curso de siete ríos hacia las cloacas para garantizar el continuo flujo de inmundicias.

Desde los tiempos de Augusto, Roma contó con una mayor red de cloacas que saneaba también la zona del campo de Marte y de los Foros imperiales. Por tanto, los millares de habitantes del resto de la ciudad sufrían la pestilencia y la falta de salubridad que imponía el drenaje a nivel de calle de las aguas negras.

Cloacina


La Vía Sacra, el gran recorrido que cruzaba el Foro de oeste a este. Donde sonaron las calcei de Julio César pero también las caligae legionarias en sus desfiles triunfales. Todos siempre en dirección al Capitolio. En este recorrido, pero lejos de tan fastuosos momentos, empiezan nuestros puntos de interés. Concretamente, frente a la basílica Emilia, frente a su tercera puerta y al lado de las tabernae novae, o tiendas nuevas, adosadas al gran edificio. Allí, todavía hoy pueden atisbarse los restos de un pozo de agua procedente del Velabro.

Sobre el pozo se levantaba una estructura circular, un templete dedicado a Venus Cloacina, un aspecto poco conocido de esta diosa relacionado con la purificación (debido a un sincretismo con la divinidad etrusca Cloacina). La tradición reconoce este punto como el lugar donde finalizó el enfrentamiento entre Latinos y Sabinos tras el rapto de las mujeres de estos. Aquí es donde las leyendas sitúan la purificación con ramas de mirto que aquellas utilizaron para dar por zanjado el asunto. Todo ello, obviamente, es anterior a la gran Cloaca maxima, que pasaría ciertamente muy cerca, pero que todavía se desconoce si está conectada. Algunas monedas nos muestran este pequeño monumento como un altar con dos estatuas. Su culto estaba tradicionalmente vinculado al rey Tito Tacio y el antiguo curso del Velabro.

Lacus curtius


Situados ya a la derecha de la famosa columna de Focas, podemos ver todavía hoy una estructura circular con tejadillo que oculta el brocal del antiguo Lacus Curtius. A su lado podemos ver una copia del relieve original griego hallado en el lugar, único testimonio del muro que lo rodeaba. Dicho relieve representa a un militar a caballo (el original ahora está ubicado en Los Museos Capitolinos). En su lado occidental se erigen 2 de los 3 altares votivos originales, o quizás bases de estatuas.

La leyenda cuenta que se abrió una horrible sima en este lugar que parecía no tener fondo y amenazaba con tragarse la ciudad, pues engullía toda ofrenda sin parecer tener fondo. Varrón y Tito Livio nos narran cómo un oráculo advirtió que la fosa no se cerraría hasta que Roma sacrificase lo mejor que tenía. Marco de la gens Curcia, comprendió que el valor y la juventud de Roma eran el mayor de los tesoros y, engalanado para la guerra, montado en el mejor de sus caballos, se lanzó directo a la oscuridad para lograr cerrarla. Este sacrificio encaja muy bien en la mentalidad romana de la guerra y el acto de devotio, con el que un militar ofrecía su propia vida en favor de su causa y de su gente. Se trata, sin duda, de una historia muy antigua, pues existen distintas versiones. Otra versión nos habla del noble sabino Mettius Curtius, que fue tragado por este pantano mientras luchaba contra el mismísimo Rómulo.



Como curiosidad, y quizás relacionado con esta última historia, sabed que en tiempos de Augusto los transeúntes lanzaban monedas a su interior para atraer a la dama Fortuna.






La fuente Juturna


Manantial inmemorial de agua potable procedente de Palatino, dedicado a la ninfa latina Juturna, esposa del dios Jano, hija del río Voturno. Celebre ninfa de la buena salud y madre de esta fuente.

Esta fuente se hizo famosa y dio pie un templo icónico todavía hoy al sureste del Foro, el templo de Cástor y Pólux. Cuenta la leyenda que, tras la exitosa batalla del lago Regilo, todavía en época de la monarquía, Roma conoció la victoria por la voz de dos jóvenes que, con nobles y vistosas capas rojas, abrevaban a sus excelentes corceles en este lugar. La leyenda los identifica como los Dioscuros, los gemelos míticos Cástor y Pólux, a quienes está dedicado el templo situado al lado del reformado templete conocido como Lacus Iuturnae, que contaría con un templete propio.

Templete de Juturna. Reconstrucción (1953-55)
El templete que observamos es una reconstrucción tras el incendio del 283 d.C., usando materiales del conjunto original. En un arquitrabe todavía podemos apreciar la inscripción IVTVRNAE S que podríamos concluir como IVTVRNAE SACRUM, consagrado a Juturna. Frente a este pequeño monumento se encuentra una copia de una fuente de mármol cubierta de dedicatorias a Juturna por parte de un magistrado urbano del año 20 a.C.

A 10 metros al norte, y alineado con el templo de Cástor y Pólux, se encuentra el estanque en el que los hermanos gemelos abrevaron sus caballos tras la batalla. Dicho estanque fue probablemente monumentalizado en el 168 a.C. por L. Emilio Paulo, quien lo decoró con las dos estatuas de mármol de los Dioscuros sujetando sus Caballos (ahora en el museo Antiquarium Forense). En sus inicios, el estanque era rectangular, de 7’5 x 9 m. y revestido simplemente con hormigón resistente al agua con un borde de toba.

A finales del siglo II a.C. los lados largos fueron acortados para formar un cuadrado y se construyó un pedestal en el centro, que seguramente sujetaba un grupo escultórico.

En una tercera fase, dentro de los cambios ejecutados en el templo de los Dioscuros por Tiberio en el año 6 d. C., el estanque fue reducido a unos 5 m. de lado con un reborde de mármol blanco.

Muchas más aguas subterráneas, limpias y sucias, circulaban por el Foro, si no ¿cómo se alimentaban los jardines del templo de Vesta o se cubrían las necesidades de la Regia? Entre otros. Seguramente un estudio profundo de las fuentes de la época nos ayudaría a ampliar este artículo, pero tampoco creo que fuese de mucho interés ya que la arqueología, solo preocupada por estos temas desde hace pocos años, no nos daría muchas respuestas.

Reconstrucción ideal de la casa de las Vestales.

BIBLIOGRAFÍA

 

 

dijous, 25 d’abril del 2013

Las aguas sucias en las ciudades

Las cloacas no formaban precisamente una red subterránea, por lo general eran conductos subterráneos que, aprovechando la pendiente natural (estaban orientadas hacia mar o ribera) libraban a la ciudad de sus inmundicias. Así pues, su trazado consistía en unas pocas zanjas paralelas, de como mucho 1 m. de ancho por 1,5 m de profundidad, que recorrían la ciudad, siguiendo el recorrido de sus calles unos pocos centímetros bajo los pavimentos. Estos desagües solían hacerse con grandes piedras, en ocasiones amortizadas de obras u edificios anteriores. En Badalona se recuperaron varias estelas íberas en este espacio.


A menudo, dichas cloacas eran útiles, más que nada, para drenar la ciudad. Recordemos que, hasta finales del siglo I dC., los ladrillos para la construcción no eran cocidos. Así pues, los adobes de barro y paja no eran un buen sistema de construcción para el húmedo clima mediterráneo, y menos aún para aquellos bloques de edificios que veían crecer su número de pisos improvisados a medida que crecía la población de la ciudad. Este pobre sistema constructivo era causa de derrumbes frecuentes, y la primera solución fue dirigir el agua bajo tierra, eso también explica por qué la cloaca máxima siempre se halla bajo una de las principales calles anchas (sea cardus o decumanus), porque recogen más agua que el resto de calles estrechas.

Cloaca máxima de Baetulo

Estas instalaciones no fueron siempre iniciativa pública, sino que también hubieron cloacas privadas, pero lo que las caracterizaba, en todo caso, eran sus deficiencias y su falta de proyecto. A diferencia de lo que nos enseñan en las escuelas, el saneamiento en las ciudades romanas no era algo fundamental, aunque conocían sus ventajas y su necesidad. Pero ni la misma Roma de un millón de habitantes, con un abastecimiento de agua perfectamente organizado y controlado, pudo con el trazado del alcantarillado. Amplias zonas estaban desposeídas de él, y las aguas sucias y estancadas se acumulaban en sus calles ante la permisividad y el desinterés de sus habitantes. Es ampliamente conocido el caso de la columna lactaria, lugar en que se abandonaban a los bebés no reconocidos ni aceptados por sus padres, lugar en el que con frecuencia se veía asomar las pestilentes aguas que nunca deberían salir a la superficie.

sumidero
Sólo las insulas (bloques de pisos de las clases populares) de las ciudades más populosas llegaron a tener lavabos, del mismo modo que apareció un inodoro por cada planta en nuestras casas durante la revolución industrial.

A menudo, las domus gozaban de sus propios retretes, que frecuentemente no estaban conectados directamente con las cloacas, ya que eran sustituidas por fosas sépticas situadas a escasa profundidad.

Las gentes sencillas y pobres debían acudir a algunas de las múltiples letrinas públicas, instalaciones bien atendidas, y pagar su entrada como un impuesto. Eran lugares donde la gente se citaba y charlaba, a veces con calefacción por hipocausto y una decoración asombrosa:

Alrededor del elegante hemiciclo o del rectángulo de su trazado, el agua corría sin cesar por unos regueros situados ante una veintena de asientos. Éstos eran de mármol, con una tabla enmarcada por consolas esculpidas en forma de delfín que servían de apoyo y separación. Era frecuente que sobre las consolas hubiera hornacinas con esculturas de héroes o divinidades, como en el palatino, o un altar a Fortuna, la diosa de la salud y la felicidad, como el hallado en Ostia. También era frecuente que la sala estuviera amenizada por el sonido del agua de un surtidor, como en las letrinas de Timgad.


 CARCOPINO, JEROME: La vida cotidiana en la Roma en el apogeo del imperio. Círculo de lectores. Barcelona. 2004. pág.61


Por extraño que parezca, el poder de cada ciudad también se plasmaba en sus letrinas y, evidentemente, en cualquier ciudad provincial no hallaríamos tales lujos.

Los más desfavorecidos orinaban gratuitamente en las tinajas ubicadas en la entrada de las fullonicas (lavanderías), pues estos negocios pagaban un impuesto desde la época de Vespasiano para poder utilizarlo en sus actividades.

Pompeya, tras el terremoto del año 62, todavía desaguaba sus letrinas en fosas o sumideros que se vaciaban regularmente, aunque la mayoría las conectaba directamente con la calle, barrida por el agua limpia y corriente “sobrante” del castellum aquae. Pero, con el tiempo, las cosas cambiaron y, por ejemplo, en Tiglad (actual Argelia), edificada en el año 100 d. C. y prototipo de ciudad hipodámica, el trazado de las cloacas pasaba por debajo de todas sus calles sin excepción, tenían entre 1 m y 0,80 cm de altura por 0,40 de ancho, y todas gozaban de registros para el mantenimiento.

divendres, 22 de març del 2013

Zonas verdes y ciudades romanas


Otro elemento de continuidad de las ciudades clásicas a las contemporáneas es la creación y disfrute de zonas ajardinadas, que responderían al concepto de locus amoenus, lugares apacibles y seductores, silenciosos y calmados, espacios de reposo que contrastarían con el trajín del resto de las calles, algo que los antiguos simplemente llamaban hortus.


Sabemos que los griegos ya desarrollaban técnicas de jardinería, aunque no se conserve ningún documento; pero también sabemos que influenciaron mucho a los romanos y que contenían consejos prácticos pero también estéticos de lo más variopintos, pues en el ámbito privado indicarían al hortulanus (hasta el s. II no se llamaría topiarius, que se aplicaría nada más que al jardinero de zonas de recreo) cómo echar a volar los pájaros de entretenimiento o cómo darles de comer.


Los jardines, en la antigüedad, no sólo eran espacios de lujo privado como en Mesopotamia o Egipto; ya los griegos habían ajardinado Atenas y su Academia. A pesar de ello, en el mundo romano el primer jardín documentado se halló, como no, en Roma, en casa de Escipión Emiliano en el 129 a.C, pero pronto le siguieron otros muchos, tanto privados como imperiales. Muchos de ellos fueron cedidos parcial o totalmente a la ciudad o se convirtieron en públicos por causas políticas y expropiaciones. Estas zonas se convirtieron en lugares de paseos sosegados, pero no respondían a las necesidades y fórmulas de la ciudad.

La primera relación entre la arquitectura urbana y la limitación de la naturaleza fue la jardinería sagrada dentro del temenos o perímetro en torno a los templos. Recordemos que la religión romana estaba muy vinculada a la naturaleza; pues todo tenía un espíritu divino, todo gozaba de numen, un  valor sagrado propio de su mera existencia. Las especies vegetales representadas estaban, pues, vinculadas a sus dioses; el laurel, el ciprés o el olivo, pero también otros árboles igual de mediterráneos como el roble, el boj, el mirto, la encina… y árboles frutales de todo tipo.

La especialización de los jardineros obtuvo especies enanas de plátanos y cipreses para que los pequeños jardines parecieran grandes parques. Los arbustos conocían las expertas tijeras de los jardineros, inventores de la ars topiaria que los convertía en figuras y escenas como cuenta, entre otros, Cicerón. Las flores de todo tipo y color embelesaban a la divinidad y a sus fieles con sus aromas. Pero el agua también tenía un gran papel en lagos, canalizaciones y fuentes que incluso tenían surtidor, cuyos sonidos serían un elemento más de relajación. El agua siempre estuvo vinculada al mundo del recreo y la jardinería, pero nunca perdió su significado religioso propio de recintos cultuales, muchos de ellos cerca del foro (Clunia, Tarraco, Emerita). Todo ello, junto a esculturas de personajes mitológicos, creaba una nueva realidad de naturaleza idealizada; ninfas, silenos y sátiros, entre otros, que protegían la naturaleza en la vida romana, pero también otras figuras no vinculadas a Baco, como Apolo, Silvano y Pomona, diosa de los frutos, se vincularon a los jardines. También se decoraban con leyendas o mitos, como el suplicio de Dirce (cantado frecuentemente por los helénicos) o a Orfeo amansando a las fieras con su lira.
Sin perder su valor espiritual, los jardines también se relacionaban con el mundo de los espectáculos: el mismísimo Vitrubio cuenta que, detrás de los escenarios teatrales, se debía levantar un pórtico para los ensayos y para resguardar a los espectadores de la lluvia. Se conseguían así agradables paseos para los entreactos de las representaciones que generalmente tenían una razón religiosa. El primer parque público documentado en la capital fue el pórtico de Pompeyo, en el 55 a. C.


Entre los espacios lúdicos de la ciudad estaban los complejos termales y, con ellos, más zonas verdes para los ciudadanos; las palestras y piscinas rodeadas (por no decir inmersas, en ocasiones) en esos espacios. También encontramos precedentes de estos jardines en la capital y son más antiguos,  pues en el 12 a. C. Agripa cedió sus jardines privados en el campo de Marte para las termas públicas que llevarían su nombre. Pero la enormidad de los jardines termales no la veremos, en Roma,  hasta la época de Nerón, y culminará con Tito y Trajano (al revés de los jardines públicos). Sin tanto lujo se extendieron por todo el imperio.
Extramuros se hallaban los jardines funerarios; la ciudad de los muertos era un reflejo de la de los vivos y, como tal, estaba ajardinada. Las especies eran otras, pues estaban vinculadas al mundo de la muerte, pero estaban dando una “muerte” mejor a los que allí residían, fueran pobres enterrados bajo tejas o ricos “cómodamente” instalados en mausoleos. Aquí prevalecen árboles de hoja perenne como laureles, pinos, cipreses u olivos como símbolo de la inmortalidad del alma, árboles frutales como manzanos e higueras. Flores rojas como violetas o rosas y  arbustos como la vid.
Los bosques sagrados podrían figurar entre los jardines públicos pero, generalmente, se vincularían a grandes ciudades como Emerita Augusta o Lucus Augusti. En los árboles de estos bosque se  desarrollaban los ritos más arcaicos de la religión romana; ceremonias Arvales, a Dea Dia, lupercales y otras.

dimarts, 8 de gener del 2013

Agua para la ciudad



Acueductos, castellum aquae y caminos subterráneos.

Si las divinidades de los ríos se habían establecido lejos, las aguas que daban vida a las ciudades procedían de las montañas más cercanas. Aun así, el precioso fluido en ocasiones se traía desde lejos de forma artificial, puesto que era preciso encontrar agua pura y abundante en algún punto elevado.
Su pureza o la calidad de sus aguas se establecían visualmente y mediante el gusto, pues carecían de cualquier otro modo de análisis. Marco Vitruvio Polión, maestro arquitecto, recomendaba observar el estado de salud de las gentes, así como la vegetación; musgos y juncos pues indicaban que el agua no era potable. El agua pura, decía este autor, era aquella que no deja posos tras evaporarla al fuego.

Era necesaria una acumulación de agua para poder destinarla más tarde a las urbes. Así, aparecieron los embalses o cisternas al aire libre, que se llenaban eventualmente para alimentar de modo regular los acueductos y poder paliar los efectos de las carestías. Eran obras de tierra o mampostería de enormes proporciones:

Efectivamente, algunos embalses, incluso entre los más importantes como el de Habarqua, cerca de Palmira, o el de Homs (Emesa), también en Siria, que tenia 2.000 metros de largo y una capacidad aproximada de 90 millones de metros cúbicos, solo servían para cubrir las necesidades agrícolas: desvíos de pequeñas corrientes fluviales, irrigación propiamente dicha, retención de aluviones destinados a fertilizar las zonas desérticas, etc. Otros habían sido más específicamente concebidos para suministrar aguas a las grandes ciudades.
En España, por ejemplo, tres grandes presas de tierra garantizaban la regularidad del caudal de los acueductos de Toledo y Mérida. Los dos embalses de Mérida, con toda probabilidad construidos en tiempos de Trajano, medían respectivamente 194 y 427 metros de largo, con una altura de 15 metros en el primer caso y 12 en el segundo… En todos estos casos se trataba de presas de gravedad, en las que la tierra podía reforzarse con muros internos y coladas de morrillo u hormigón. En Cornalvo, junto a Mérida, el embalse está provisto de, rio arriba y rio abajo, de taludes que le permitían resistir tanto la presión del agua, cuando se llenaba, como a su propio peso, cuando las reservas eran escasas o se habían evacuado.

MALISSARD, ALAIN: Los romanos y el agua. Herder. 2ª ed. Barcelona. 2001. Pág. 154 y 155.

Estas acumulaciones de agua no podían situarse demasiado altas, pues durante las sequías no fluiría nada, pero tampoco demasiado bajas, para evitar la entrada de limos y barros. Hubiese o no presa, el agua se acumulaba en un depósito (piscinae limariae) donde reposaba antes de salir hacia el acueducto.

Specus subterraneo de Baetulo
Los acueductos podían ser canales excavados como acequias, que aquellas gentes llamaban specus, término que significaba “gruta”, pero que acabaría por designar cualquier cavidad. Estas cavidades estaban cerradas para garantizar la calidad del líquido, siendo subterráneo en su mayor parte, y solamente por la necesidad de controlar la pendiente se situaba sobre arcos o a ras de tierra. Las galerías con arcos de medio punto (cuando viajaban a cielo abierto estaban cubiertos por tejas) tenían suficiente altura para permitir el acceso humano para garantizar su mantenimiento, y el recubrimiento de las paredes se componía de una gruesa capa de hormigón con piedras que no liberaban impurezas. Los acueductos eran siempre herméticos gracias al opus signinum (mortero de cal, arena y fragmentos pequeños de roca silícea) aplicado en varias capas cada vez más finas. Sin embargo, los specus no estaban sellados, tenían unos registros (putei, lumina, o spiramina), que la actual gente de la calle llama “tapas de alcantarilla”, accesos de mantenimiento que en un principio fueron los pozos desde los que se excavaron los conductos.

El problema era trazar su recorrido y darle la inclinación adecuada, ni excesiva ni demasiado débil. Los libratores calculaban las pendientes con la groma para tirar las indispensables visuales, y con el chorobantes para la nivelación.


La groma era un aparato de metal con un pie de unos 2 metros, al extremo de cada brazo de la cruz colgaba un peso de plomo y un quinto plomo controlaba la verticalidad del pie. Instalando todo esto junto a un punto de referencia visual horizontal, los 4 hilos permitían trazar todas las visuales derechas u ortogonales para el trazado de los acueductos, las ciudades, etc.


El chorobantes era una especie de nivel de burbuja descrito por Vitruvio: una mesa de madera de unos 6 m de longitud que reposaba sobre patas; su horizontalidad se comprobaba con hilos de plomo colocados sobre placas de referencia o mediante un nivel de agua en la parte superior, muy útil cuando el viento movía los plomos. Aunque no se sabe exactamente cómo funcionaba, está claro que con él se tiraban las visuales de nivelación.




Los specus se alzaban con arcos de piedra para sortear obstáculos, como depresiones o riachuelos, pero si el obstáculo era mayor, se alzaba lo que fuese necesario; los puentes acueductos de 2 niveles tenían habitualmente 30 m de altura, como en Tarragona o Segovia, pero también había de 3 niveles y de 50 m.

Cuando el obstáculo a superar eran una gran depresión que no podía ser rodeada, se recurría a los sifones, basándose en el principio de los vasos comunicantes y, del mismo modo, se construía un corriente: arriba un depósito de descarga donde se acumulaba el agua, y un depósito de salida desde el cual proseguía su recorrido, entre las 2 cisternas corría el agua por canalizaciones de plomo dispuestas en ambas pendientes. Todo ello no estaba exento de riesgos y cálculos; como la altura de la cisterna de salida, o no confiar el paso por una sola tubería grande, sino repartirla en varias más pequeñas.

El Castellum aquae era mucho más que un sistema de decantación como las piscinae limariae, también eran de filtrado pero, sobre todo, era el método de reparto de agua en la ciudad.
El castellum, ubicado generalmente en la parte alta de la ciudad, recibía a los acueductos y sus aguas reducían su velocidad en sus depósitos interiores, sedimentando todas las inmundicias arrastradas. Una vez filtradas, se canalizaban en tres grandes direcciones: las fuentes públicas y las cloacas, vitales para la vida intramuros, la de las termas y otros grandes servicios del Estado y la de los particulares, ya fuesen ricos, empresarios o comercios que trabajaban con agua. Esta distinción no se modificó nunca: ni la importancia de los edificios públicos ni la ostentación de los particulares fue en detrimento del suministro del pueblo.

Desde estas instalaciones, las canalizaciones tubulli eran de madera o barro y las fistulae de plomo; las primeras -las menos habituales- eran ramas o troncos agujereados con largas brocas y empalmados con mandriles de cobre mantenidos por un soporte de arcilla o un dado de piedra perforado. Sin duda, era una técnica utilizada en pequeñas localidades con redes de distribución sencillas y sin relevancia. Los tubulli de arcilla, mucho más numerosas, tenían un diámetro de 16 a 20 cm y un grosor mínimo de 36 ml. Generalmente de forma cónica o cilindro truncado, se juntaban por estrangulamiento. Vitruvio las defiende por su bajo coste y porque: “en primer lugar, en caso de encontrarse algún defecto en la instalación, cualquiera puede remediarlo; por otro lado, el agua que viene de estas cañerías es mucho más sana que la que pasa por conductos de plomo” (Plinio, 31, 57.). Ávidos observadores, los antiguos romanos ya habían asociado algunos males relacionados con el trabajo y la manipulación del plomo pero, a pesar de las palabras de Vitruvio, las virtudes del plomo -más manejable y sólido- facilitaban mucho las ondulaciones de las vías. Así, la arcilla predominó en instalaciones de riego de jardines, en instalaciones de cisternas y en conductos de aguas sucias.






Cada dos esquinas, de las ciudades ortogonales más pobladas, podíamos hallar una fuente pública que, además de beneficiar la vida diaria de los ciudadanos, era el acceso más rápido al agua en caso de incendio. Cada una tenía un nombre dado por su decoración y ello la convertía en un punto de referencia para orientarse, en una ciudad donde todas las calles se llamaban igual y sólo se diferenciaban por su posición  respecto a la salida del sol.

dimarts, 18 de desembre del 2012

Concibiendo una ciudad romana, Principios básicos.

Concibiendo una ciudad romana, principios básicos.
Ubicadas generalmente cerca de vías de comunicación naturales o desarrolladas por el hombre, es cierto que las ciudades romanas ex novo del s. I tenían una planificación hipodámica u ortogonal, legado militar para limitar y proteger un recinto que ya estaba prediseñado desde un primer momento, pues ya se había calculado la extensión de los espacios vitales de la ciudad y la densidad de su población. A vista de pájaro, estas ciudades se parecerían a una tableta de chocolate, rodeadas por murallas, con sus manzanas de casas separadas por calles perfectamente paralelas cortadas por otras perpendiculares igual de perfectas en su recorrido. Dichas vías eran conocidas como cardos y decumanos, las primeras orientadas de norte a sur, las segundas de este a oeste, y todas tenían el mismo nombre pero se reconocían precisamente por su posición respecto al sol. Sólo  dos de ellas tenían nombre propio, el cardo máximo y el decumano máximo, calzadas principales que tenían unos ocho metros de ancho (el doble que el resto de las calles). Para Vitruvio -uno de los padres de la arquitectura moderna-, la altura de los edificios no debía sobrepasar el doble de la anchura de la calle porque, de ser así, se privaba de luz al resto de la ciudad, provocando un hacinamiento insalubre. Estos conceptos pronto quedaban obsoletos, cuando la ciudad ya no podía crecer dentro de las murallas y se veía obligada a crecer a lo alto.

En los diez libros de la arquitectura del ya mencionado Vitruvio, se nos indica que se debe buscar una orientación templada, lejos de zonas pantanosas, para evitar que lleguen las pestilencias de sus bestias. Si no se podían evitar los cenagales, se drenaban contactándolos con el mar para purgar sus aguas y se reducía su fauna por la salinidad marina. Tampoco sería saludable que una ciudad junto al mar estuviese orientada al mediodía, porque los amaneceres en verano ya son fuertes y al mediodía la ciudad se abrasaría. Por otro lado, si se orienta a occidente, el sol de mediodía agobia y por la tarde será ardiente.
Con estos cambios de temperatura, Vitruvio reconoce que todos los seres vivos acaban  alterándose.