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dijous, 7 d’abril del 2016

Cannaba legionis: Los asentamientos civiles tras los campamentos militares.


En principio podemos entender estas cannabae como poblados de chabolas, aunque con el tiempo ganaban una forma más planificada, lo cual nos hace pensar en cierta participación del personal militar. Normalmente tiene forma lineal a lo largo del camino que lleva a alguno de los accesos del campamento, o también alrededor de éste.


Según el diccionario cannaba significa cabaña, pero también almacén, depósito y bodega. Es fácil relacionar el concepto con una estructura ligera, fácil de montar y desmontar dependiendo de la movilidad del campamento militar al que siguiese. Esta itinerancia definirá a su población, la que sigue habitualmente a las tropas facilitándole servicios o productos. Pero también a aquellos que podemos llamar “ocasionales”, que por distintas razones de proximidad o interés se les acercan en un momento dado, entre ellos actores, médicos o comerciantes de esclavos y, más que seguro, espías.

Vindobona
 Los asentamientos civiles crecían rápidamente en torno a todas las bases romanas. Cuando Cesar describe el ataque sorpresa sufrido por uno de sus campamentos de invierno en el año 53 a.C. menciona de pasada la presencia de comerciantes acampados en las afueras de la fortificación. Las pequeñas chozas de piedra que se esparcen al lado de los campamentos romanos del asedio de Masada, en Judea, son muestra de que los mercaderes y los seguidores del campamento permanecieron con el ejército durante el asedio, en el año 74 d.C. pese a las condiciones extremas del desierto. Estos asentamientos temporales eran los cannabae. No sabemos si era allí donde vivían las familias de los soldados, pero parece lógico que así fuese hasta que se levantasen los barracones definitivos cuando los campamentos eran permanentes. Está claro que la gente que seguía al ejército y vivía entorno a sus bases proveía de servicios y artículos diversos a las tropas. Los mercaderes (comerciantes, artesanos, taberneros) podían vender comida o bebida adicional para complementar sus raciones, así que muchos productos eran para hacer más placentera la vida del soldado. La paga que recibían los soldados regularmente era en forma de moneda lo que permitía el intercambio de todo tipo de mercancías o servicios; entre otros, las cannabae proporcionaban entretenimiento, desde música y bares a burdeles: Un veterano de la Legio II Augusta pagó un monumento en honor a una tal Polla Matidia, también conocida como Olimpia, bailarina o artista de variedades en Asciburgium, Germania. Titus Aelius Iustus, músico de la Legio II Aduitrix y experto en el órgano de agua (interesante tema para otro artículo), estaba casado con Aelia Sabina, cantante y también música, considerada incluso mejor que su marido.



También podemos pensar que en estos “poblados provisionales” se establecían los veteranos, tullidos y heridos licenciados que no volvían a su hogar, con ellos sus amantes (focariae) o mujeres con las que tenían relaciones ilegítimas. Hay quien defiende que convivían con ellas dentro y fuera del campamento, también quizás con sus hijos y esclavos.

En algunas bibiografías también les llaman "vicus"

INFORMACIÓN EXTRAÍDA DE





 Et altrii

dimecres, 9 de setembre del 2015

Roma com a societat econòmica esclavista



Clar que ni la República ni l'Imperi Romà no hagueren estat possibles, com la resta de les grans cultures i imperis de l'antiguitat, sense una nombrosa força esclava. Les paraules clau són "societats econòmiques esclavistes". Avui parlarem de l’antiga Roma desmentint la idea aparent i enganyosa que es tractava d’una societat d'un estat del benestar, on el govern vetlla, o hauria de vetllar, pels seus ciutadans. Parlem d'un model d'estat que no organitzava cap servei per complir cap dret social, parlem d’oligarquies dominants i explotadores sense cap respecte ver els altres, respectables oligarquies ennoblides amb els noms de les famílies romanes més velles.

És fàcil caure en el reduccionisme creient que realment el govern, en aquells temps, buscava el benestar de la seva ciutadania, quan en realitat només buscava la pau social. Mentre les guerres exteriors enriquien l'imperi, les elits construïen per a la seva població circs, teatres, banys, fonts, aqüeductes... per tal de mantenir l'equilibri social, on els rics i poderosos restarien sempre per damunt de la resta, tristament satisfeta. En realitat era una situació molt similar a la de l'edat mitjana, on les revoltes vers els senyors feudals eren formes de protesta contra abusos concrets, però mai no es qüestionava el sistema de govern establert.

Parlem d'un món molt cru, on no existeix cap mena de solidaritat social, on la misèria i la pobresa només són motiu d’escarni i d'abús, com ens ensenyen innombrables obres de teatre. L'empatia i la compassió són un luxe que només es poden permetre les classes privilegiades; pràcticament no tenen espai on existir en las classes populars, entre les quals la supervivència és la norma de vida del dia a dia.

Fotograma d'Espàrtac de Stanley Kubrick (1960)

No podem comparar l'actual societat de béns de consum amb l'imperi romà.

Una societat d'aquesta mena només ha estat possible mitjançant la mecanització i la revolució industrial, quan els esclaus -substituïts lentament per la maquinària- s'han convertit en consumidors, però no en classe privilegiada.

En resum, el preu de la mà de treball esclava sempre ha estat irrisori, això ha permès a les classes benestants gaudir de serveis i productes únics. Actualment els preus dels productes fets a mà ens semblen desorbitats comparats amb els preus de venda al públic que suposa la producció industrial. Per a entendre-ho millor, recordem la definició d’esclau que donava Cató el Vell, per exemple, com a eina vocal, no com a persona.

Si us sembla fort aquest concepte de treballador, recordeu les condicions de treball i de sou de moltes persones de la Xina o de Malàisia.


dilluns, 27 de juliol del 2015

Pobre y miserable.


Cuando pensamos en la pobreza en la antigüedad, solemos equipararla a la esclavitud. Pero lo tristemente cierto es que, para muchos, era mejor ser una propiedad de otro que no tener alimento, refugio o abrigo.

En el artículo de hoy también podremos entender por qué en nuestra lengua actual solemos emplear acompañados los términos pobre y miserable.

Los sin techo de época clásica buscaban refugio en lugares cubiertos como puentes, forneci o acueductos, mendigaban por ciudades, alrededor de campamentos militares y en los cruces de caminos. Si bien es cierto que eran considerados parias en una sociedad sin ningún tipo de empatía ni solidaridad social, se les permitía atender a trabajos sencillos o temporales. En ámbitos rurales, muchos se empleaban como temporeros y, en ciudades pequeñas o grandes, como porteadores o mensajeros. Algunos llegaban a desarrollar algún trabajo de subsistencia, como fabricantes de sandalias o vendedores de pescado salado.

Algunos se vendían a sí mismos como esclavos o gladiadores, otros (hombres y mujeres) se dedicaban a la prostitución, muchos varones se alistaban al ejército y otros tantos se convertían en ladrones o bandidos. La marginalidad social de los pobres, en muchos casos, era prácticamente equivalente a la de un esclavo huido.

MNAC. Museu Nacional d'Art de Catalunya.
Pero, ¿quiénes eran los miserables de la antigüedad?

Podríamos agruparlos en tres categorías:

Los enfermos de todo tipo y los ancianos (los desahuciados socialmente): tullidos, ciegos, endemoniados, etc.

Los huérfanos y abandonados: la gente sin familia, sin gens propia ni mos maiorum que velase por ellos. Entre ellos eran numerosos los niños y las niñas, pero también las mujeres.

Los arruinados: estos últimos vivían precariamente, en simple subsistencia, y en cualquier momento -por plaga, hambruna, guerra o crisis- podían perder su escaso peculio y propiedades, hundiéndose en la miseria y el desahucio social.

Actualmente se calcula que cerca del 65% de la población del imperio vivía en este límite, una situación en la que la supervivencia es la única opción práctica.

Afortunados serían aquellos que podían acceder al pan destinado a los perros. Muchos mendigos pululaban por las calles de las ciudades, junto con ladrones, prostitutas y el resto de la fauna urbana de la miseria. Hablamos de una vida muy difícil, muy hostil.

El único pensamiento en sus mentes era, como ya hemos dicho, sobrevivir. No se aspiraba a prosperar, porque las garantías para lograr el cambio no compensaban el esfuerzo; se consideraba una falsa ilusión. La lucha y el conflicto son endémicos en una sociedad sin empatía hacia el desfavorecido y sin solidaridad social. En una sociedad en la que la justicia social consistía en que los ricos siguiesen siendo ricos y los pobres siguiesen siendo pobres, la estabilidad social se garantizaba con el mantenimiento del estatus social de cada uno. Evidentemente, esto funcionaba gracias a una justicia arbitraria que obraba siempre a favor de los poderosos. El pobre siempre perdía y debía, a toda costa, evitar todo enfrentamiento y pasar por el tubo de los poderosos. Su única oportunidad: ser inteligente y astuto, pero con sumo cuidado.

La literatura tacha a pobres y mendigos de vagos; sin embargo, los pobres valoraban el trabajo duro, que no es lo mismo que trabajar sin sentido hasta la muerte. Como comentábamos unas líneas más arriba, trabajar duro para no mejorar de estatus es un despilfarro de energías. En esta situación, los privilegiados interpretaban su comportamiento como holgazanería. Así pues, los desfavorecidos trabajaban para cubrir sus necesidades básicas, sin más aspiraciones. De hecho, los dioses Fortuna y Destino, como demostraban todas las historias mitológicas, estaban fuera incluso del poder de los grandes dioses. El destino es, pues, inevitable.

El concepto de pobreza para las élites viene cargado de tintas negras ya que, al referirse a los más desfavorecidos, los define por sus hábitos antisociales como la arrogancia, la adulación, la desconfianza, la tozudez, el mal genio, la cobardía, la falsedad, la avaricia… y siempre en continua rivalidad por el honor o la posición.

“Trata a tu amigo como si fuera a convertirse en tu enemigo”

(PUBLIO SIRO. Máxima 401)

Sin embargo, se reclama amabilidad y autoestima desde los desahuciados sociales aunque no se cuestione el sistema (como pasaba en la edad media con los siervos y los señores feudales). Si el rico es poderoso y, por tanto, está por encima de los demás, no significa que tenga derecho a maltratarlos ni esquilmarlos.

Pero volvamos a la creencia de que el destino es inevitable. Ello conlleva a una visión fatalista de la vida subyugada al capricho de los dioses; sólo se puede confiar en el trabajo propio y, en el mejor de los casos, con alguna intervención divina que incluso puede ser positiva.

“Es más fácil conseguir un favor de la fortuna que conservarlo”.

(PUBLIO SIRO. Máxima 198)

“Cuando la fortuna te adula, lo hace para traicionarte”.

(PUBLIO SIRO. Máxima 197)

En definitiva, en la mentalidad del desfavorecido la riqueza es temida. La riqueza es motivo de envidia y perdición, sinónimo de codicia obtenida por traición, robo y otros abusos. Así pues, es mejor mantener lo que se tiene que intentar incrementarlo o, como decimos ahora, “más vale pájaro en mano que ciento volando”.