dilluns, 27 de juliol de 2015

Pobre y miserable.


Cuando pensamos en la pobreza en la antigüedad, solemos equipararla a la esclavitud. Pero lo tristemente cierto es que, para muchos, era mejor ser una propiedad de otro que no tener alimento, refugio o abrigo.

En el artículo de hoy también podremos entender por qué en nuestra lengua actual solemos emplear acompañados los términos pobre y miserable.

Los sin techo de época clásica buscaban refugio en lugares cubiertos como puentes, forneci o acueductos, mendigaban por ciudades, alrededor de campamentos militares y en los cruces de caminos. Si bien es cierto que eran considerados parias en una sociedad sin ningún tipo de empatía ni solidaridad social, se les permitía atender a trabajos sencillos o temporales. En ámbitos rurales, muchos se empleaban como temporeros y, en ciudades pequeñas o grandes, como porteadores o mensajeros. Algunos llegaban a desarrollar algún trabajo de subsistencia, como fabricantes de sandalias o vendedores de pescado salado.

Algunos se vendían a sí mismos como esclavos o gladiadores, otros (hombres y mujeres) se dedicaban a la prostitución, muchos varones se alistaban al ejército y otros tantos se convertían en ladrones o bandidos. La marginalidad social de los pobres, en muchos casos, era prácticamente equivalente a la de un esclavo huido.

MNAC. Museu Nacional d'Art de Catalunya.
Pero, ¿quiénes eran los miserables de la antigüedad?

Podríamos agruparlos en tres categorías:

Los enfermos de todo tipo y los ancianos (los desahuciados socialmente): tullidos, ciegos, endemoniados, etc.

Los huérfanos y abandonados: la gente sin familia, sin gens propia ni mos maiorum que velase por ellos. Entre ellos eran numerosos los niños y las niñas, pero también las mujeres.

Los arruinados: estos últimos vivían precariamente, en simple subsistencia, y en cualquier momento -por plaga, hambruna, guerra o crisis- podían perder su escaso peculio y propiedades, hundiéndose en la miseria y el desahucio social.

Actualmente se calcula que cerca del 65% de la población del imperio vivía en este límite, una situación en la que la supervivencia es la única opción práctica.

Afortunados serían aquellos que podían acceder al pan destinado a los perros. Muchos mendigos pululaban por las calles de las ciudades, junto con ladrones, prostitutas y el resto de la fauna urbana de la miseria. Hablamos de una vida muy difícil, muy hostil.

El único pensamiento en sus mentes era, como ya hemos dicho, sobrevivir. No se aspiraba a prosperar, porque las garantías para lograr el cambio no compensaban el esfuerzo; se consideraba una falsa ilusión. La lucha y el conflicto son endémicos en una sociedad sin empatía hacia el desfavorecido y sin solidaridad social. En una sociedad en la que la justicia social consistía en que los ricos siguiesen siendo ricos y los pobres siguiesen siendo pobres, la estabilidad social se garantizaba con el mantenimiento del estatus social de cada uno. Evidentemente, esto funcionaba gracias a una justicia arbitraria que obraba siempre a favor de los poderosos. El pobre siempre perdía y debía, a toda costa, evitar todo enfrentamiento y pasar por el tubo de los poderosos. Su única oportunidad: ser inteligente y astuto, pero con sumo cuidado.

La literatura tacha a pobres y mendigos de vagos; sin embargo, los pobres valoraban el trabajo duro, que no es lo mismo que trabajar sin sentido hasta la muerte. Como comentábamos unas líneas más arriba, trabajar duro para no mejorar de estatus es un despilfarro de energías. En esta situación, los privilegiados interpretaban su comportamiento como holgazanería. Así pues, los desfavorecidos trabajaban para cubrir sus necesidades básicas, sin más aspiraciones. De hecho, los dioses Fortuna y Destino, como demostraban todas las historias mitológicas, estaban fuera incluso del poder de los grandes dioses. El destino es, pues, inevitable.

El concepto de pobreza para las élites viene cargado de tintas negras ya que, al referirse a los más desfavorecidos, los define por sus hábitos antisociales como la arrogancia, la adulación, la desconfianza, la tozudez, el mal genio, la cobardía, la falsedad, la avaricia… y siempre en continua rivalidad por el honor o la posición.

“Trata a tu amigo como si fuera a convertirse en tu enemigo”

(PUBLIO SIRO. Máxima 401)

Sin embargo, se reclama amabilidad y autoestima desde los desahuciados sociales aunque no se cuestione el sistema (como pasaba en la edad media con los siervos y los señores feudales). Si el rico es poderoso y, por tanto, está por encima de los demás, no significa que tenga derecho a maltratarlos ni esquilmarlos.

Pero volvamos a la creencia de que el destino es inevitable. Ello conlleva a una visión fatalista de la vida subyugada al capricho de los dioses; sólo se puede confiar en el trabajo propio y, en el mejor de los casos, con alguna intervención divina que incluso puede ser positiva.

“Es más fácil conseguir un favor de la fortuna que conservarlo”.

(PUBLIO SIRO. Máxima 198)

“Cuando la fortuna te adula, lo hace para traicionarte”.

(PUBLIO SIRO. Máxima 197)

En definitiva, en la mentalidad del desfavorecido la riqueza es temida. La riqueza es motivo de envidia y perdición, sinónimo de codicia obtenida por traición, robo y otros abusos. Así pues, es mejor mantener lo que se tiene que intentar incrementarlo o, como decimos ahora, “más vale pájaro en mano que ciento volando”.



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