divendres, 8 de setembre de 2017

Las horas y los días: entre la mitología y el cómputo del tiempo.


Es fácil comprender que el paso del tiempo sea diferente para los dioses que para los mortales, eso no significa que no fuese motivo de preocupación para los teóricos del origen y del funcionamiento del universo durante la antigüedad. En las siguientes líneas nos ocuparemos de cómo entendían el tiempo los antiguos griegos y romanos, a la par que entenderemos un poquito mejor la figura mitológica de las Horas.

Para empezar, hablemos de otras figuras míticas relacionadas con el paso del tiempo, como Aeternitas, que, representada con una figura femenina, era entendida desde el sentido político como el deseo imperial romano de perpetuación de su sistema político. Aparece en monedas con túnica y manto sosteniendo la esfera del cosmos y en ocasiones un velo estrellado, cabezas del sol y la luna, una antorcha, una cornucopia o acompañada de un ave fénix. Sin embargo, esta no fue la primera divinidad de este tipo (básicamente concepto divinizado) en aparecer.

Siglo o Saeculum era representado como varón con corona solar, y simbolizaba un “periodo largo de tiempo de duración indeterminada”, una generación, quizás, que si es positiva será frugiter o aureum. Año o Annus, sin una representación concreta, puede aparecer como un joven coronado con frutos o portando una cornucopia.

Estos dos últimos aparecieron tardíamente durante el periodo romano. Desde nuestra perspectiva puede resultar extraño, ya que a nuestra cultura le obsesiona el cálculo exacto del paso del tiempo.
Los meses (menses en latín) aparecen en un vaso ático del 375 a.C. representados como jóvenes que cargan con atributos propios de las fiestas características de cada mes. Después, en época romana, los atributos se multiplicaron con frutos, vientos dominantes, fiestas y dioses protectores. Desde el s II d.C. se empiezan a imponer las temáticas agrícolas, que dominarán durante el medievo.

Hablemos ya de las Horas. Hesíodo, en “Los trabajos y los días”, nos cuenta que eran tres hermanas hijas de Zeus y Temis, que significa ‘Ley de la Naturaleza’. Desde los estudios actuales podemos definirla como un principio natural. Anotemos que Temis era uno de los hijos de Gea y Urano, así pues, una Titán, y que pocos de ellos fueron venerados en santuarios específicos en la época clásica. Temis era considerada tan antigua que algunos aseguraban que también era la madre de las Parcas. Sorprendentemente, el mismo mito y texto de la creación nos habla del nacimiento de Hémera (el Día) y Éter (la esfera más alta del cielo; la claridad del mundo superior) de la unión de Nyx (la Noche) y Érebo (tinieblas del Tártaro). En verdad no se contradice, sino que demuestra que la monumentalidad del poema de Hesíodo se mantuvo durante toda la antigüedad de un modo más sencillo, más simple en una religión naturista primitiva, en la cual muchas figuras y personajes se difuminarán o incluso se fusionarán con entidades más importantes o dominantes.

Dichas hermanas eran:

Eunomía; Buena Forma o Disciplina.
Dike; Justicia.
Irene; Paz.

Claramente se aprecia la vinculación con su madre y la preservación del transcurso del ciclo natural. A las tres hermanas gustaban de vivir en la naturaleza donde Pan, dios de los bosques y rebaños, gozaba de su compañía.

De hecho, horai significaba en griego “en su ocasión, o tiempo oportuno”, estaban muy vinculadas a las Gracias y a menudo eran representadas todas juntas alrededor de Venus, acudiendo a bodas míticas o presentando dones extraordinarios a personajes recién nacidos muy importantes. Por eso, cuando aparecen las horas en el mundo griego lo hacen siempre en grupo, como las Moiras o las Musas, pero insistimos: a menudo son confundidas con las Gracias.

Con el tiempo se intentó darles un sentido más preciso, pero sin huir de su primera razón de existir, pues seguían estando vinculadas al ciclo natural. En Atenas encontramos a Thalló (brote) Auxó (crecimiento) y Karpó (fruto) y con ello trascendieron al calendario agrícola en el s. IV a.C., cuando empezaron a ser representadas en el séquito de Proserpina y Cibeles. En el Olimpo, las Horas vigilan las puertas de la mansión divina y son servidoras de Hera, a quien criaron. Vinculadas ya con los ciclos anuales de la naturaleza, solo estaban a un paso de ser relacionadas con el disco solar y el paso del tiempo; pronto las podemos ver madurando las uvas o preparando el carro de solar. En el s III a.C. Ovidio tiene clara la que será su iconografía helenístico-romana definitiva:



Las Horas que vemos representadas en el arte no estuvieron nunca relacionadas con el cómputo exacto del paso del tiempo, pues siempre fueron figuras alegóricas, representadas como muchachas graciosas portando algún elemento vegetal, eran seres abstractos sin personalidad ni historia.

Hora (ὥρα), en la significación de la hora, es decir, la 12ª parte del día natural, no entró en uso general entre los antiguos hasta cerca de la mitad del siglo II a.C. Las horas equinocciales, aunque conocidas por los astrónomos, no fueron utilizadas en los asuntos de la vida común hasta finales del siglo IV de la era cristiana. La división del día fue marcada muy groseramente por la posición del sol (Varro, L. L. 6.89).

Como la división del día en doce partes iguales, tanto en verano como en invierno, hace que la duración de las horas sea más larga o más corta de acuerdo con las diferentes estaciones del año, no es fácil, con precisión, comparar o reducir las horas de los antiguos a nuestras horas equinocciales. Las horas de un día antiguo solo coincidirían con las horas de nuestro día en los dos equinoccios. Como la duración del día natural, además, depende de la altitud polar de un lugar, nuestros días naturales no coincidirían con los días naturales en Italia o Grecia. Ideler, en su Handbuch der Chronologie, ha dado la siguiente duración aproximada de los días naturales en Roma, en el año 45 a.C., que fue la primera después de la nueva regulación del calendario por J. César; la longitud de los días sólo está marcada en los ocho puntos principales en el curso aparente del sol.





También de Plauto (Pseud., 1307) vemos que una hora en invierno era más corta que una en verano.
Sin embargo, para entender las Horas debemos hablar también de los días, y estos podían ser entendidos de dos maneras distintas; como Dies Civiles o Dies Naturalis.

Nosotros definiríamos al antiguo Día civil como día astronómico, o sea, lo que tardaba el sol en dar la vuelta a la tierra según los antiguos. El día civil, así pues, contaba las horas de sol y las de noche. Para los atenienses se iniciaba con la puesta del sol, y con los romanos (como con los egipcios e Hiparco) a media noche; con los babilonios al alzarse del sol, y con los umbrianos a mediodía (Macrob, l.c, Gellius, 3.2.)

El día natural (Dies naturalis), en cambio, era el tiempo desde el ascenso hasta la puesta del sol, tuvo diferentes subdivisiones antes de emplear el término horas, y dichas subdivisiones cambiaron con las épocas y no fueron siempre las mismas entre los griegos y los romanos. Trataremos de dar un breve relato de las diversas partes en que fue dividido por los griegos en los diferentes períodos de su historia, luego procederemos a considerar sus divisiones entre los romanos.

En tiempos de Homero, el día solo se dividía en tres partes:

1) Mañana o inicio del día y de la luz.
2) Mediodía, cuando creían que el sol se quedaba inmóvil en el cielo.
3) Tarde o declinar del sol hasta la noche.

La primera y última de las divisiones hechas en la época de Homero se subdividieron después en dos partes. La mañana se dividió en dos, siendo su mitad lo que para nosotros sería de las 9 o 10 horas hasta el mediodía. No conocemos exactamente las dos partes de la tarde. Esta división se siguió observando hasta el último período de la historia griega, aunque otra división más exacta, y más adaptada a los propósitos de la vida común, fue introducida en un período temprano -quizás por Anaximandro. Se dice que los griegos, familiarizados ya con el uso del cronómetro de Babilonia o reloj de sol, dividieron el día natural en doce espacios iguales de tiempo. El nombre horas (ὧραι), como ya hemos comentado, no entró en uso general hasta un período muy tardío, y la diferencia entre las horas naturales y equinocciales fue observada por primera vez por los astrónomos alejandrinos.

Durante los primeros tiempos de la historia de Roma, cuando los medios artificiales de división del tiempo eran aún desconocidos, los fenómenos naturales de aumento de la luz y la oscuridad formaron en el caso de los romanos, como en el caso de los griegos, el nivel de división, como vemos en las expresiones vagas en Censorinus (de Die Nat. 24). Plinio declara (HN 7,12) que en las Doce Tablas solo se mencionaban la elevación y el establecimiento del sol como las dos partes en las que se dividía el día, pero de Censorinus y Gellius (17,2) mediodía (meridies) también fue mencionado. Varro (L. L. 6.4, 5) e Isidoro (Orig. 5.30 y 31) también distinguían tres partes del día, a saber: manes, meridies y suprema. La Lex Plaetoria prescribía que un heraldo proclamara la suprema (hora novena) en el comitium, para que la gente pudiera saber que su reunión iba a ser suspendida (Varr. L. L. 6.5) y también se ordenó que un oficial consular desde la Curia proclamara la hora del mediodía (hora sexta), cuando el sol se situaba entre la Rostra y la Graecostasis.

La división del día en doce espacios iguales, que aquí, como en Grecia, eran más cortos en invierno que en verano, fue adoptada en el momento en el cual se introdujeron medios artificiales para medir el tiempo.

El año 293 a.C., L. Cursor Papirius, antes de la guerra con Pirro, trajo a Roma un instrumento llamado solarium horologium, o simplemente solarium (Plaut., P. Gellium, 3.3.5, Plin, Nat. 7.212).
En 263 a.C., M. Valerius Messala trajo uno que había tomado en la captura de Catina; y aunque este era incorrecto, habiendo sido construido para un lugar 4 grados más al sur que Roma, estuvo en uso durante 99 años, antes de que el error fuera descubierto.

En 164 a.C., el censor P. Marcius Philippus tenía el reloj solar más exacto construido; pero era inútil en los días nublados (Plin lc.). Por eso, Scipio Nasica erigió en 154 a.C. una clepsidra pública, que indicaba las horas de la noche, así como del día (Censorín, 100.23).

En la vida cotidiana se utilizaban numerosos términos para designar las diferentes partes del día, sobre todo de carácter general y algo vago (Cf. Varr. LL 6.4-7, Servius en Aen. 2.268, 3.587, Isidor, 5.31, 32.)

En la Grecia del s IV a.C. y hasta el mundo romano, la sombra del reloj de sol se medía en pies, que probablemente estaban marcados en el lugar donde caía la sombra. El gnomon es mencionado casi sin excepción en relación con el baño, hacia la puesta del sol, momento en que la sombra del gnomon medía 10 o 12 pies. Los personajes de Aristófanes en “La asamblea de mujeres” (392 a.C.) reconocen precisamente las horas por la longitud de la sombra del gnomon.


PRAXÁGORAS: Los esclavos, tú no tendrás otro quehacer que acudir limpio y perfumado al banquete cuando sea de diez pies la sombra del cuadrante solar (650).




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