dimecres, 11 de febrer de 2015

Los siete nombres de las puertas.

Son numerosos los artículos sobre las domi romanas, sobre sus estancias y costumbres. Nos suelen fascinar por su riqueza y boato, sin embargo toda vivienda comparte el mismo tipo de elementos habitualmente ignorados, las puertas.

 Generalmente la única mencionada es la puerta principal, aquella barrera que separa la transitada calle de la intimidad doméstica. Recordemos que el vestibulum, no era un pasillo, sino un corto tránsito al atrio, este patio interior era el centro de proyección social de la familia y el corazón tradicional de la casa romana adinerada. Dichas puertas recibían diferentes nombres: fauces, si te dirigías a la casa desde el exterior para ser engullido por esta. Foris, “exterior” si el recorrido era inverso. También denominadas como ianua, las puertas solían ser altas de madera, y si la riqueza lo permitía de bronce remachado, en verdad las hojas de la puerta propiamente dichas eran las valvae. Solo las mansiones del más alto estatus podían permitirse abrir dichas hojas ocupando el espacio público de la calle.


Su antítesis serían las puertas interiores u ostium, y las puertas exteriores de servicio o posticum, siempre relacionadas con actividades secretas o indignas. De echo en el interior de las domi faltaban muchas puertas sustituidas por cortinas, como también sucedía en las viviendas más humiles.

La intimidad de la casa a menudo era protegida no sólo por mosaicos de perros guardines, sino con porteros cuya fama era tan proverbial como los vigilantes de las discotecas actuales. En verdad la barrera que suponía la puerta se convirtió en un tópico literario de la separación entre los amantes o de queja de los clientes. Pero hubo puertas que fueron excepciones, como las de los tribunos de la plebe que siempre debían permanecer abiertas para facilitar el auxilio de su pueblo. Recordemos también que cuando el estado iniciaba una guerra, las puertas del templo de Jano tampoco se cerraban hasta que concluía.

Hablando de templos, el termino porta solamente se utilizaba para las grandes puertas de templos, murallas o campamentos. Las puertas de la ciudad a diferencia de la muralla no eran consideradas sagradas debido a  las impurezas que transitaban por ella (como los cadáveres), quizás por eso necesitaban de una protección especial, un portero divino, y este era Jano. Jano, en sí mismo es un concepto complejo, protege las entradas y salidas, los cambios, la mutación de lo joven a lo viejo, la comunicación entre dos mundos; el exterior y el interior, el público y el privado.


BIBLIOGRAFIA

FERNANDEZ VEGA, PEDRO ANGEL: La casa romana. Akal. 2003

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