divendres, 22 de març de 2013

Zonas verdes y ciudades romanas


Otro elemento de continuidad de las ciudades clásicas a las contemporáneas es la creación y disfrute de zonas ajardinadas, que responderían al concepto de locus amoenus, lugares apacibles y seductores, silenciosos y calmados, espacios de reposo que contrastarían con el trajín del resto de las calles, algo que los antiguos simplemente llamaban hortus.


Sabemos que los griegos ya desarrollaban técnicas de jardinería, aunque no se conserve ningún documento; pero también sabemos que influenciaron mucho a los romanos y que contenían consejos prácticos pero también estéticos de lo más variopintos, pues en el ámbito privado indicarían al hortulanus (hasta el s. II no se llamaría topiarius, que se aplicaría nada más que al jardinero de zonas de recreo) cómo echar a volar los pájaros de entretenimiento o cómo darles de comer.


Los jardines, en la antigüedad, no sólo eran espacios de lujo privado como en Mesopotamia o Egipto; ya los griegos habían ajardinado Atenas y su Academia. A pesar de ello, en el mundo romano el primer jardín documentado se halló, como no, en Roma, en casa de Escipión Emiliano en el 129 a.C, pero pronto le siguieron otros muchos, tanto privados como imperiales. Muchos de ellos fueron cedidos parcial o totalmente a la ciudad o se convirtieron en públicos por causas políticas y expropiaciones. Estas zonas se convirtieron en lugares de paseos sosegados, pero no respondían a las necesidades y fórmulas de la ciudad.

La primera relación entre la arquitectura urbana y la limitación de la naturaleza fue la jardinería sagrada dentro del temenos o perímetro en torno a los templos. Recordemos que la religión romana estaba muy vinculada a la naturaleza; pues todo tenía un espíritu divino, todo gozaba de numen, un  valor sagrado propio de su mera existencia. Las especies vegetales representadas estaban, pues, vinculadas a sus dioses; el laurel, el ciprés o el olivo, pero también otros árboles igual de mediterráneos como el roble, el boj, el mirto, la encina… y árboles frutales de todo tipo.

La especialización de los jardineros obtuvo especies enanas de plátanos y cipreses para que los pequeños jardines parecieran grandes parques. Los arbustos conocían las expertas tijeras de los jardineros, inventores de la ars topiaria que los convertía en figuras y escenas como cuenta, entre otros, Cicerón. Las flores de todo tipo y color embelesaban a la divinidad y a sus fieles con sus aromas. Pero el agua también tenía un gran papel en lagos, canalizaciones y fuentes que incluso tenían surtidor, cuyos sonidos serían un elemento más de relajación. El agua siempre estuvo vinculada al mundo del recreo y la jardinería, pero nunca perdió su significado religioso propio de recintos cultuales, muchos de ellos cerca del foro (Clunia, Tarraco, Emerita). Todo ello, junto a esculturas de personajes mitológicos, creaba una nueva realidad de naturaleza idealizada; ninfas, silenos y sátiros, entre otros, que protegían la naturaleza en la vida romana, pero también otras figuras no vinculadas a Baco, como Apolo, Silvano y Pomona, diosa de los frutos, se vincularon a los jardines. También se decoraban con leyendas o mitos, como el suplicio de Dirce (cantado frecuentemente por los helénicos) o a Orfeo amansando a las fieras con su lira.
Sin perder su valor espiritual, los jardines también se relacionaban con el mundo de los espectáculos: el mismísimo Vitrubio cuenta que, detrás de los escenarios teatrales, se debía levantar un pórtico para los ensayos y para resguardar a los espectadores de la lluvia. Se conseguían así agradables paseos para los entreactos de las representaciones que generalmente tenían una razón religiosa. El primer parque público documentado en la capital fue el pórtico de Pompeyo, en el 55 a. C.


Entre los espacios lúdicos de la ciudad estaban los complejos termales y, con ellos, más zonas verdes para los ciudadanos; las palestras y piscinas rodeadas (por no decir inmersas, en ocasiones) en esos espacios. También encontramos precedentes de estos jardines en la capital y son más antiguos,  pues en el 12 a. C. Agripa cedió sus jardines privados en el campo de Marte para las termas públicas que llevarían su nombre. Pero la enormidad de los jardines termales no la veremos, en Roma,  hasta la época de Nerón, y culminará con Tito y Trajano (al revés de los jardines públicos). Sin tanto lujo se extendieron por todo el imperio.
Extramuros se hallaban los jardines funerarios; la ciudad de los muertos era un reflejo de la de los vivos y, como tal, estaba ajardinada. Las especies eran otras, pues estaban vinculadas al mundo de la muerte, pero estaban dando una “muerte” mejor a los que allí residían, fueran pobres enterrados bajo tejas o ricos “cómodamente” instalados en mausoleos. Aquí prevalecen árboles de hoja perenne como laureles, pinos, cipreses u olivos como símbolo de la inmortalidad del alma, árboles frutales como manzanos e higueras. Flores rojas como violetas o rosas y  arbustos como la vid.
Los bosques sagrados podrían figurar entre los jardines públicos pero, generalmente, se vincularían a grandes ciudades como Emerita Augusta o Lucus Augusti. En los árboles de estos bosque se  desarrollaban los ritos más arcaicos de la religión romana; ceremonias Arvales, a Dea Dia, lupercales y otras.

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