dimarts, 8 de gener de 2013

Agua para la ciudad



Acueductos, castellum aquae y caminos subterráneos.

Si las divinidades de los ríos se habían establecido lejos, las aguas que daban vida a las ciudades procedían de las montañas más cercanas. Aun así, el precioso fluido en ocasiones se traía desde lejos de forma artificial, puesto que era preciso encontrar agua pura y abundante en algún punto elevado.
Su pureza o la calidad de sus aguas se establecían visualmente y mediante el gusto, pues carecían de cualquier otro modo de análisis. Marco Vitruvio Polión, maestro arquitecto, recomendaba observar el estado de salud de las gentes, así como la vegetación; musgos y juncos pues indicaban que el agua no era potable. El agua pura, decía este autor, era aquella que no deja posos tras evaporarla al fuego.

Era necesaria una acumulación de agua para poder destinarla más tarde a las urbes. Así, aparecieron los embalses o cisternas al aire libre, que se llenaban eventualmente para alimentar de modo regular los acueductos y poder paliar los efectos de las carestías. Eran obras de tierra o mampostería de enormes proporciones:

Efectivamente, algunos embalses, incluso entre los más importantes como el de Habarqua, cerca de Palmira, o el de Homs (Emesa), también en Siria, que tenia 2.000 metros de largo y una capacidad aproximada de 90 millones de metros cúbicos, solo servían para cubrir las necesidades agrícolas: desvíos de pequeñas corrientes fluviales, irrigación propiamente dicha, retención de aluviones destinados a fertilizar las zonas desérticas, etc. Otros habían sido más específicamente concebidos para suministrar aguas a las grandes ciudades.
En España, por ejemplo, tres grandes presas de tierra garantizaban la regularidad del caudal de los acueductos de Toledo y Mérida. Los dos embalses de Mérida, con toda probabilidad construidos en tiempos de Trajano, medían respectivamente 194 y 427 metros de largo, con una altura de 15 metros en el primer caso y 12 en el segundo… En todos estos casos se trataba de presas de gravedad, en las que la tierra podía reforzarse con muros internos y coladas de morrillo u hormigón. En Cornalvo, junto a Mérida, el embalse está provisto de, rio arriba y rio abajo, de taludes que le permitían resistir tanto la presión del agua, cuando se llenaba, como a su propio peso, cuando las reservas eran escasas o se habían evacuado.

MALISSARD, ALAIN: Los romanos y el agua. Herder. 2ª ed. Barcelona. 2001. Pág. 154 y 155.

Estas acumulaciones de agua no podían situarse demasiado altas, pues durante las sequías no fluiría nada, pero tampoco demasiado bajas, para evitar la entrada de limos y barros. Hubiese o no presa, el agua se acumulaba en un depósito (piscinae limariae) donde reposaba antes de salir hacia el acueducto.

Specus subterraneo de Baetulo
Los acueductos podían ser canales excavados como acequias, que aquellas gentes llamaban specus, término que significaba “gruta”, pero que acabaría por designar cualquier cavidad. Estas cavidades estaban cerradas para garantizar la calidad del líquido, siendo subterráneo en su mayor parte, y solamente por la necesidad de controlar la pendiente se situaba sobre arcos o a ras de tierra. Las galerías con arcos de medio punto (cuando viajaban a cielo abierto estaban cubiertos por tejas) tenían suficiente altura para permitir el acceso humano para garantizar su mantenimiento, y el recubrimiento de las paredes se componía de una gruesa capa de hormigón con piedras que no liberaban impurezas. Los acueductos eran siempre herméticos gracias al opus signinum (mortero de cal, arena y fragmentos pequeños de roca silícea) aplicado en varias capas cada vez más finas. Sin embargo, los specus no estaban sellados, tenían unos registros (putei, lumina, o spiramina), que la actual gente de la calle llama “tapas de alcantarilla”, accesos de mantenimiento que en un principio fueron los pozos desde los que se excavaron los conductos.

El problema era trazar su recorrido y darle la inclinación adecuada, ni excesiva ni demasiado débil. Los libratores calculaban las pendientes con la groma para tirar las indispensables visuales, y con el chorobantes para la nivelación.


La groma era un aparato de metal con un pie de unos 2 metros, al extremo de cada brazo de la cruz colgaba un peso de plomo y un quinto plomo controlaba la verticalidad del pie. Instalando todo esto junto a un punto de referencia visual horizontal, los 4 hilos permitían trazar todas las visuales derechas u ortogonales para el trazado de los acueductos, las ciudades, etc.


El chorobantes era una especie de nivel de burbuja descrito por Vitruvio: una mesa de madera de unos 6 m de longitud que reposaba sobre patas; su horizontalidad se comprobaba con hilos de plomo colocados sobre placas de referencia o mediante un nivel de agua en la parte superior, muy útil cuando el viento movía los plomos. Aunque no se sabe exactamente cómo funcionaba, está claro que con él se tiraban las visuales de nivelación.




Los specus se alzaban con arcos de piedra para sortear obstáculos, como depresiones o riachuelos, pero si el obstáculo era mayor, se alzaba lo que fuese necesario; los puentes acueductos de 2 niveles tenían habitualmente 30 m de altura, como en Tarragona o Segovia, pero también había de 3 niveles y de 50 m.

Cuando el obstáculo a superar eran una gran depresión que no podía ser rodeada, se recurría a los sifones, basándose en el principio de los vasos comunicantes y, del mismo modo, se construía un corriente: arriba un depósito de descarga donde se acumulaba el agua, y un depósito de salida desde el cual proseguía su recorrido, entre las 2 cisternas corría el agua por canalizaciones de plomo dispuestas en ambas pendientes. Todo ello no estaba exento de riesgos y cálculos; como la altura de la cisterna de salida, o no confiar el paso por una sola tubería grande, sino repartirla en varias más pequeñas.

El Castellum aquae era mucho más que un sistema de decantación como las piscinae limariae, también eran de filtrado pero, sobre todo, era el método de reparto de agua en la ciudad.
El castellum, ubicado generalmente en la parte alta de la ciudad, recibía a los acueductos y sus aguas reducían su velocidad en sus depósitos interiores, sedimentando todas las inmundicias arrastradas. Una vez filtradas, se canalizaban en tres grandes direcciones: las fuentes públicas y las cloacas, vitales para la vida intramuros, la de las termas y otros grandes servicios del Estado y la de los particulares, ya fuesen ricos, empresarios o comercios que trabajaban con agua. Esta distinción no se modificó nunca: ni la importancia de los edificios públicos ni la ostentación de los particulares fue en detrimento del suministro del pueblo.

Desde estas instalaciones, las canalizaciones tubulli eran de madera o barro y las fistulae de plomo; las primeras -las menos habituales- eran ramas o troncos agujereados con largas brocas y empalmados con mandriles de cobre mantenidos por un soporte de arcilla o un dado de piedra perforado. Sin duda, era una técnica utilizada en pequeñas localidades con redes de distribución sencillas y sin relevancia. Los tubulli de arcilla, mucho más numerosas, tenían un diámetro de 16 a 20 cm y un grosor mínimo de 36 ml. Generalmente de forma cónica o cilindro truncado, se juntaban por estrangulamiento. Vitruvio las defiende por su bajo coste y porque: “en primer lugar, en caso de encontrarse algún defecto en la instalación, cualquiera puede remediarlo; por otro lado, el agua que viene de estas cañerías es mucho más sana que la que pasa por conductos de plomo” (Plinio, 31, 57.). Ávidos observadores, los antiguos romanos ya habían asociado algunos males relacionados con el trabajo y la manipulación del plomo pero, a pesar de las palabras de Vitruvio, las virtudes del plomo -más manejable y sólido- facilitaban mucho las ondulaciones de las vías. Así, la arcilla predominó en instalaciones de riego de jardines, en instalaciones de cisternas y en conductos de aguas sucias.






Cada dos esquinas, de las ciudades ortogonales más pobladas, podíamos hallar una fuente pública que, además de beneficiar la vida diaria de los ciudadanos, era el acceso más rápido al agua en caso de incendio. Cada una tenía un nombre dado por su decoración y ello la convertía en un punto de referencia para orientarse, en una ciudad donde todas las calles se llamaban igual y sólo se diferenciaban por su posición  respecto a la salida del sol.

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