dijous, 1 de desembre de 2016

El verdadero caldero de Panorámix.

Aunque este blog siempre busque temas curiosos o poco difundidos de la cultura clásica, también nos gusta buscar, explicar y comentar la continuidad histórica desde la antigüedad del mundo romano en todas sus vertientes. Existen temas o curiosidades que, aunque no estén estrechamente vinculados con nuestra temática habitual, consideramos que vale la pena explotar por su naturaleza especial.

Hace unos meses hablábamos de curiosidades etimológicas en el origen de los nombres de los días de la semana en el mundo mediterráneo, en el mundo nórdico y las relaciones entre ellos.
Hoy recurrimos al mundo del cómic para satisfacer la curiosidad sobre un objeto conocido por todos en el mundo de los druidas.

Muérdago cortado con una hoz de oro, pescado, aceite de roca y langosta son algunos de los ingredientes más famosos jamás vertidos en el caldero celta más famoso del mundo de la ficción. Dichos calderos se volvieron icónicos de la cultura celta gracias a los cómics de Astérix, colección creada por René Goscinny y Albert Uderzo en 1959. En cada álbum, la aldea de los irreductibles galos se libra del dominio romano de Julio César gracias a la receta secreta, “que solo puede ser transmitida de boca a oído de druida a druida”, de la poción mágica que les otorga, de manera temporal, una fuerza extraordinaria. Así, el mundo del cómic explica el famoso arrojo de los bárbaros ante el enemigo romano. Dicha poción y su inseparable caldero, siempre personajes secundarios, llegaron a dar título a un álbum completo. Pero hoy los tomaremos como tema de este blog desde su auténtica realidad histórica y arqueológica.

En la cultura druida del bronce final, extendida por casi todo el norte de Europa, los calderos estaban relacionados ritualmente con el agua y los banquetes, pero también y de forma muy obvia con los ritos funerarios. En la edad de hierro prerromana, hallamos en toda Europa depósitos de ofrendas votivas metálicas en calderos. Estos calderos estaban ubicados en ríos, lagos, pantanos, manantiales y otros lugares acuáticos (el agua era sagrada para aquellos pueblos; signo de fuerza vital y de poder curativo) y a menudo eran contenedores de ofrendas rituales, quizás relacionados con la cotidiana cocción de la carne y del alimento diario. De hecho, en los mitos galeses e irlandeses los calderos son símbolos de abundancia, regeneración y también de renacimiento.

Algunos calderos religiosos eran enormes; uno hallado en Jutlandia en 1952, roto deliberadamente, tenía una capacidad de 600 litros. Contaba con una escasa decoración de  unos búhos en sus asas y de las figuraciones de cabezas de toro en su borde. Hipotéticamente, podía pertenecer a un santuario y no a un núcleo familiar. En cambio, el caldero de Ballyedmond fue reparado en diversas ocasiones antes de terminar bajo el agua entre el s. I a.C, y el I d. C. Se puede pensar que este último sí empezó siendo un caldero familiar de uso cotidiano.

Pero no despreciemos las fuentes escritas, aunque tardías: el conjunto de narraciones medievales galesas llamado Mabinogion, cuyo primer redactado parece situarse en el s. X d. C., retrata parcialmente la cultura y las tradiciones precristianas. En el segundo relato o Rama del Mabinogion, se describe un caldero mágico de un lago irlandés que tiene el poder de resucitar a los guerreros muertos. El mítico caldero de Annwn (el Más Allá en Irlanda y Gales) era atendido por nueve vírgenes, aunque dicen las leyendas que contaba con mente propia; quizás por ello no cocía nunca la comida de un cobarde, devolvía la vida a los muertos o la comida que en él se cocinaba no se terminaba nunca.

Los verdaderos y reales calderos arqueológicos galeses o irlandeses de la edad del hierro fueron hallados, como no, en terrenos acuáticos, sumergidos, depositados o lanzados junto a otros objetos metálicos como ofrenda votiva para ganarse el favor de los dioses. Estamos en el año 600 a. C. aunque algunos de ellos aparecen en facturas fechadas por lo menos 100 años antes.

Quizás el caldero más curioso encontrado hasta el momento sea el del pantano irlandés de Altarte Glebe, realizado de una sola pieza en madera de álamo.

El enorme caldero de Duchcov, en Bohemia, (hallado en un manantial que gozó de intensa actividad religiosa en el s. III a. C.) estaba repleto de joyas de bronce. Algunos quisieron explicarlo y apuntaron a un culto femenino, pero lo cierto es que en el mundo celta hombres y mujeres lucían y apreciaban las joyas de bronce por igual.

A diferencia de los anteriores, depositado en un lugar seco en Jutlandia, seguramente en el s. I a.C. se encontró el caldero más bello, elaborado y rico de los calderos celtas, el caldero de Gundestrup. De gran capacidad, elaborado en placas de plata dorada, está profusamente decorado con imaginería mítica prerromana de variada influencia y temática. Cuenta con figuras con torques, serpientes con cuerpo de carnero, ruedas vinculadas a divinidades solares, motivos y temas que pueden hallarse en el mundo galo de época romana. Es evidente que no se trataba de un objeto corriente ya en su época; quizás llegó a Jutlandia como resultado de un saqueo de un santuario druida del sur y fue entregado como ofrenda en ritual a los dioses de vencedores. No falta quien cree que se trata del caldero que contenía la sangre de las víctimas de los sacrificios o las comidas rituales, reforzando así la idea de que era propiedad directa de los druidas.


Ahora nos toca a nosotros imaginarnos a Panorámix frente a un caldero de plata (no de oro) bellamente decorado, cocinando o con las manos manchadas con la sangre recogida de las víctimas de un sacrificio. Sinceramente, prefiero conservar la imagen amable de la ficción entrañable del mundo galo de Astérix.



 BIBLIOGRAFIA



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