dissabte, 18 de juny de 2016

Respirar bajo el agua, un sueño antiguo.


La historia de la navegación cuenta con tantos especialistas como seguidores, pero desplazarse por las aguas no es sólo navegar. Aquí es donde empieza el artículo de hoy, sobre la importancia del buceo y la natación.

Saber nadar era algo destacable e importante en la península y en las islas griegas, pues Platón en sus Leyes (III, 689) dice: "¿Deberá confiarse un cargo oficial a personas que son lo contrario de gente culta, las cuales, según el proverbio, no saben ni nadar ni leer?" y Diogeniano (6.56) nos lo repite en época de Adriano: "porque los atenienses aprendían a nadar y a leer y a escribir desde la primera niñez".

Dada la importancia que tenían el transporte marítimo y fluvial en el mundo clásico, esto tampoco debe sorprendernos. Saber nadar podía ser la diferencia entre vivir o morir. Seguramente eso motivó la curiosidad por mejorar tecnológicamente las limitaciones físicas humanas, incluso las de los nadadores y buceadores mejor entrenados.

Aristóteles nos cuenta en su Problemata cómo utilizar una campana metálica que, una vez sumergida, mantendría una buena cantidad de aire en su interior, suficiente para mantener la respiración de su tripulante durante un tiempo, ya que el famoso sabio no supo resolver el problema de la renovación del aire que rápidamente quedaba viciado. Actualmente llamamos a este sistema campana húmeda y, como define Wikipedia, se fundamenta en el “principio elemental de la física (la altura de la columna de agua en el interior de la campana será proporcional a la presión ejercida por el aire comprimido de su interior), este ingenio sostenido desde una embarcación permitía la observación directa del fondo desde una altura prudencial y la salida de los buceadores desde su interior por el tiempo que les permitiera el aire de sus pulmones, para volver nuevamente a respirar en el interior de la campana hasta que ésta se vaciara”.

Otro problema que plantea este método de inmersión es el resultante de la compresión del aire a medida que aumenta la presión del agua, todo ello resultado del aumento de profundidad. A 10 metros de profundidad, el volumen de aire de la campana es la mitad del volumen inicial, subiendo el nivel de agua, otro tanto.

Cuenta la leyenda, que parece ser medieval, que el gran Alejandro Magno probó una versión de cristal (harto imposible) a través de la cual pudo ver incluso monstruos marinos.

La finalidad del invento era crear una especie de “campamento base” para explotar y expoliar los fondos marinos en busca de esponjas, pero seguramente otros tesoros como perlas, conchas y también para lograr pescar exquisiteces. No nos olvidemos de la función militar de reconocer terrenos y planear sabotajes, entre otras.

El interés de Arquímedes por los buceadores también puede apreciarse en este fragmento de su Problemata (XXXII).

En el mundo romano, la natación fue considerada un excelente ejercicio físico practicado como entrenamiento muscular en el ejército, pero también un lujoso ocio, como testimonian todas las natatio privadas (piscinas, las llamaríamos ahora) que llegamos a documentar, siendo quizás la más famosa la de la Villa de Popea en Oplontis, cerca de Pompeya, que ciertamente era enorme.

El primer cuerpo militar de buceo lo debemos, cómo no, al ejército romano. Sus miembros recibían una formación y un entrenamiento especiales para su función específica. Los Urinatores (no penséis mal; urinare significaba inmersión en el agua) podían cortar amarras o anclas de los navíos enemigos, colocar objetos bajo el agua para encallar las naves, y otras labores de sabotaje. También servían como correos, como espías y como transporte de pequeñas cantidades de armas o suministros.



Pronto se les combatió con centinelas armados con tridentes, con rejas en los sumideros o emplazando redes en las entradas de los puertos para “pescar” a estos intrusos. Parece ser que llevaban una esponja impregnada de aceite en la boca pues, al morderla, el aceite liberado creaba una especie de pantalla frente a sus ojos; parece ser que el índice de refracción del ojo humano es muy parecido al del aceite, y así se lograba una mejor visibilidad.



Su primera acción documentada se realizó en el año 49 a.C., en la guerra entre Julio César y Pompeyo, cuando los urinatores del primero nadaron hasta las naves de Pompeyo, les engancharon garfios con cuerdas y regresaron a la orilla.  Gracias a estas cuerdas, los legionarios de César pudieron arrimar los barcos a tierra y destruirlos.


No he podido localizar ninguna información sobre su “uniforme”, pero parece ser que su equipo básico consistía solamente en un cuchillo, odres llenos de aire (como los que ya se habían utilizado antiguamente en el Próximo Oriente) y quizá aquella “esponja de buceo” que ya hemos comentado.



 BIBLIOGRAFÍA





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